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Diario de Viaje - Pueblos de Colores

Catamarca, pueblos de colores que cuelgan de la montaña
 
Fuente: http://www.clarin.com/viajes/titulo_0_1094290567.html
 
 
Las Juntas un lugar de ensueño
 

Diario de viaje

Al pie de la serranía de Ambato, un puñado de villas turísticas conserva una relajada atmósfera rural, mezclada con huellas de culturas precolombinas, actividades de aventura en ámbitos de naturaleza virgen, platos típicos y tradiciones.

Favorecidos por su mirada aguda y una exquisita sensibilidad, los hermanos Carlos y Manuel Acosta Villafañe, Polo Giménez y Alfonso Carrizo supieron recrear la belleza natural de Catamarca en magníficas coplas y poesías. Con ese tesoro –muchas veces reconvertido en canciones populares– salieron a recorrer lejanas latitudes. Por esa fuente de primera mano, el paisaje de montañas, valles, algarrobo, nogal y huellas precolombinas se proyectó más allá de los límites provinciales y agitó la curiosidad por descubrir la mentada tierra teñida de “mil distintos tonos de verde”.

La obra de aquellos célebres artistas allana el camino del descubrimiento antes de pisar suelo catamarqueño. Con sólo leer o escuchar las estrofas de “Paisaje de Catamarca”, “Volvamos pa’ Catamarca” o “Cantale chango a mi tierra” (piezas clave entre las delicadas creaciones de Giménez), los escenarios naturales se instalan mansamente en el imaginario.

La vegetación exuberante montada sobre los cerros empieza a dar crédito a los testimonios plasmados en los mejores versos desde la salida de San Fernando del Valle de Catamarca en dirección oeste por la avenida Enrique Ocampo. La vistosa sucesión de elegantes chalés y sus jardines se corta abruptamente justo allí donde la ruta 4 toma la posta del camino urbano, para disponerse a iniciar su viboreante traza en ascenso sobre la Quebrada El Tala, tapizada de árboles y portentosos cactos.

La montaña sale a escena

En el tramo de 16 km de El Rodeo a Las Juntas, la ruta vuelve a proponer un desafío cuesta arriba, aunque menos enmarañado. Al ritmo siempre relajado de Las Juntas florece la vida rural de los pobladores, matizada por los ecos que dejan los músicos locales. Sus voces y melodías resuenan todo el año, aunque sólo en enero traspasan los límites del pueblo, durante el Festival del Membrillo y la Doma de Toros y Vacas. La última cita es la Fiesta de la Trucha y la Vizcacha, que convoca a los trabajadores del campo y los vecinos de Las Juntas al paraje Las Piedras Blancas, a 13 kilómetros.

Recién arranca el sagrado momento de la siesta y un puñado de turistas comparte con los escasos pobladores que a esta hora quedan en las calles el ritual del paseo a caballo o el incomparable recreo en algún rincón del valle, sedado por el paso de alguno de los cinco ríos que bajan a Las Juntas desde la montaña.

Cabalgata con música
Una cabalgata busca al paso el rudimentario puesto de piedras La Silleta, a 2.200 metros de altura. La amable tertulia entre vecinos del pueblo, turistas y baqueanos –todos afirmados en sus monturas– es animada por la voz de Gabriela Avila, que endulza sus oídos a capellacon las zambas “Las Juntas” y “Soñando mis juntas”. La huella de arcilla y piedras amaga con extraviarse en las praderas de margaritas silvestres, flores anaranjadas y un pinar, pero el firme avance de los pingos destila confianza para llegar a destino. A los costados pastan vacas, toros, terneros y caballos. Corzuelas y martinetas cruzan en bandadas, enmarcadas por el Nevado de Aconquija y la gruesa franja de la sierra de Ambato.

Sólo el planeo de un cóndor alborota a los jinetes. Se presenta algo esquivo y enseguida se presta a jugar con las cámaras, que buscan el mejor ángulo y le apuntan: queda suspendido en el aire unos segundos, bailotea sacudido por el viento y, repentinamente, desaparece, mimetizado con la montaña verde. La irrupción del VENERADOhttp://cdncache1-a.akamaihd.net/items/it/img/arrow-10x10.pngpájaro andino se transforma en un poderoso aliciente, que poco después contribuye a encender los ánimos, en el fogón que arranca sin anuncios en La Silleta.

Ahora todos se animan a cantar y bailar o, al menos, lo intentan. Sin siquiera proponérselo, el grupo rinde un decoroso homenaje al “Chucho” Salman, los Galíndez, los Zabaleta, los Barros y los Figueroa, respetados pioneros de Las Juntas, que impregnaron al lugar su costumbre de juntarse con amigos para guitarrear, comer y beber y, de paso, celebrar su amor por la tierra catamarqueña que los cobijaba.

El descenso para regresar al pueblo viene acompañado por alguna zozobra en sectores demasiado empinados para jinetes inexpertos. Por eso, la cercana presencia de turistas en cuclillas –entregados a arrancar de la montaña manojos de hierbas digestivas para el mate–, los ríos La Salvia y Las Trancas y las pircas de corrales de la cultura aguada pasan ante los ojos como una frenética secuencia de fotografías. Sin embargo, ni siquiera el sendero asomado al borde del precipicio logra refrenar el firme avance de los caballos.

La adrenalina disminuye bruscamente cuando vuelvo a sumergirme en las calles de tierra de Las Juntas, pateando nueces esparcidas, una forma usual de pasear por estos pagos. La caminata es musicalizada por el picoteo de los pájaros carpinteros sobre los nogales y el persistente chillido de los loros. Algo renuente al principio para dar pistas sobre el secreto del cautivante sabor del dulce de membrillo que fabrica artesanalmente, por fin Pedro Martínez considera que llegó el momento de develar el misterio: “Después de cortar la fruta, hay que limpiar la pelusa con un trapo y el membrillo se hierve a leña en una olla, hasta que esté bien blando. Se pasa a un cedazo (colador de tela), se le agrega azúcar y se cocina –también a leña– en una paila de cobre. Cuando el dulce se despega del recipiente, ya está listo. Es lo que dicen las abuelas”, explica, a manera de introducción a la degustación. Para coronar su clase acelerada, el especialista sirve una porción de su obra cumbre, acompañada con queso, quesillo y nuez.

LA BUENA MESA

La empanada –uno de los platos más populares de la gastronomía del Noroeste del país– que se degusta en el departamento catamarqueño de Ambato, en su versión más típica se prepara con carne vacuna cortada a cuchillo, huevo y cebolla de verdeo. En esos valles de altura también es posible probar humita, locro de choclo, trucha en escabeche, en forma de milanesa o natural, al limón, verdeo o roquefort, carbonada, escabeche y empanada de vizcacha y zapallo api, un clásico infaltable durante las Pascuas. Lleva una salsa de cebolla y tomate, ají, zapallo y queso derretido.

La sustanciosa cazuela de gallina casera incluye papa, zanahoria, orégano, cebolla, morrón, ajo y carne trozada. Una vez condimentada con comino, pimienta y sal, se le agrega arroz. Tampoco la buseca retacea calorías. Lleva pata, panza y tripa gorda de vaca, porotos, garbanzos, papa, zanahoria y laurel. Otra desmesura de aquí es el tamal, cuya chala envuelve trozos de carne de cabeza de vaca, cachete de cerdo, cebolla, pasas de uva, grasa de cerdo o vaca, harina blanca de maíz, sal, comino, pimentón y ají picante.

La harina de algarroba blanca es la base para preparar patay. Una vez mezclada con agua, se logra una masa que se deja secar dos días al aire libre.
En cuanto a los postres, son característicos los panes de manzana, membrillo, cayote y pera, la mermelada de durazno, la jalea de membrillo, el exquisito cayote en fibra con queso y nuez y el estofado de novio, un puchero dulce que combina carne con pelón, azúcar, sal y pan rallado y se come con cuchara.

EL MIRADOR

La zamba en toda su dimensión
Gabriela Avila, cantante
Llegué a los valles del Ambato desde Catamarca capital, una región semidesértica. Por eso, lo primero que me impactó fue el paisaje –increíblemente verde e imponente–, que crea una relación intimista con uno. De mi repertorio musical, descubrí que “Zamba del Ambato” describe al detalle este lugar y sus piezas infaltables, desde los cardones hasta los cerros y los bosques de pinos. Aquí aparecen en toda su dimensión los “mil distintos tonos de verde” de la zamba “Paisaje de Catamarca”, de Polo Giménez.
Disfruto cada día de la tranquilidad que brinda la naturaleza fusionada con la gente de montaña y me contagio de su andar cansino. En esta comarca de paz me doy el gusto de descansar todo el año mientras trabajo y no añoro las vacaciones. A salvo de los peligros urbanos, me tomo el tiempo necesario para leer y rescatar la esencia de los catamarqueños del interior: se muestran solidarios, siempre cordiales y no son mezquinos a la hora de contar sus historias, leyendas y habilidades. Es hermoso compartir un fogón con ellos. Todos se animan a cantar alrededor del fuego, sin que nadie sobresalga. No importa si lo hacen bien o mal. Todo eso tiene que ver con el respeto por el prójimo. Por si no quedó claro, subrayo que estoy más que cómoda en el valle, disfrutando de su inmejorable paisaje natural y humano.

 

 

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Domingo 25 de Febrero del 2018